TESTIMONIO HISTORICO: ¡¡¡Así tomamos Las Vueltas, Chalatenango!!!

Pasajes de la guerra civil en El Salvador, escritas por sus propios protagonistas

Por Mauricio Tejada (*)

SAN SALVADOR – Nuestra Comandancia General decidió que era el momento de pasar a las “Batallas Decisivas”. La operación principal era emboscar a unos 500 efectivos militares que llegarían de refuerzo. Como anzuelo, se planificó atacar una compañía del ejército que estaba en El Jícaro, Chalatenango. Los cálculos eran que el Alto Mando evitaría que la guerrilla aniquilara o capturara a más de 100 soldados. La operación consistía también en cercar a los guardias nacionales y patrulleros de Las Vueltas para que no reforzaran a los soldados en El Jícaro.
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El comandante Dimas Rodríguez nos dijo “A ustedes les tocará lo más sencillo: cercar Las Vueltas hasta que resulte la emboscada y/o El Jícaro. Con el triunfo y armas recuperadas nos trasladaremos hacia allí y barremos esos enemigos”.

La emboscada se realizaría con unidades chalatecas y vicentinas, dirigidas por Felipón, Nelson, Miguel “UV” y otros.
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Los cálculos eran comenzar ataque a El Jícaro por la madrugada y no asaltar todas las posiciones para que pidieran refuerzos. De no venir, había que proceder con todo alrededor de 4:00 am, pues si no reforzaban el mismo día, era porque tal vez lanzarían una operación militar de gran envergadura con sus batallones élites.

En la primera observación que hicimos a Las Vueltas desde una loma nos dimos cuenta que era casi imposible cumplir la orden: el terreno alrededor del pueblo estaba todo podado. Después estaba otra franja de unos 500 a 800 metros de milpas y después comenzaban zacatales y charrales. Nuestra ubicación estaría a unos mil metros del pueblo, por lo que no tendríamos control de la situación y seríamos bombardeados y mortereados. Había que cambiar el plan. Y por eso nos tiramos sin orden a explorar todas las trincheras y defensas inmediatas.

Llegó el momento de presentar el plan de ataque. Empezó Ramón Torres y William (El Conejo) a exponer lo de El Jícaro. Todo aprobado. Comenzamos nosotros con el plan ordenado por ellos y luego el nuestro. Dimas Rodríguez y Salvador Guerra se inclinaron por nuestro plan. Gerson Martínez hacia preguntas, una tras otra, mientras Jesús Rojas analizaba mientras se sobaba la barba. Susana pensativa. Fue cuando Ramón Torres interrumpió: “Ni sueñen con tomarse Las Vueltas, allí han ido varias veces compas con mejor tropa y armas. Imposible que se la tomen”.

Nosotros insistimos: “hemos acompañado todas las exploraciones de nuestros combatientes y cada quien está convencido de cumplir con su papel”. Claro, en los alrededores de nuestro campamento habíamos hecho replicas de los lugares a atacar y habíamos entrenado hasta el cansancio los escenarios posibles del ataque, algo que no habían hecho los que habían ido antes.
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A Jesús Rojas le ordenaron ir a nuestro campamento para ver el entreno, revisar el plan y hablar con cada uno. Y preguntaba: “¿Está seguro que lo puede hacer?” y sólo sugería “Trate de hacerlo de esa manera”. Pero luego preguntaba a Héctor Martínez si estaba seguro: “Si, compañero”, mientras el Cabito, Wilberón y los demás daban señal de aprobación.

Fue el turno de Matías: “Yo soy el de la bazuca que junto a otros compas vamos a darle a las casamatas de piedra y concreto del cerrito, donde tienen el refugio y zanjas de comunicación. Nos arrastraremos por un zanjoncito. El papayazo de inicio se lo daré a unos cinco metros y la casamata del sur será se atizará con la punto 30. Si no desalojan, tendré que darle con la bazuca también. ¿Satisfecho?”. Jesús asintió diciendo: “Sólo trate de morder un palito o una raicita para no olvidar abrir la boca al momento del disparo y así evitar quedar sordo o con dolor de oídos”.

Estábamos seguros que con ese poder de fuego lo tomaríamos en un par de minutos y en esa posición instalaríamos nuestro equipo de comunicación e intersección enemiga, dirigida por Jorge.
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Héctor, con El Cabito y su tropa, tenían la responsabilidad de atacar tres trincheras en el sur-poniente (camino al cementerio, entrada principal y a la orilla del río Tamulasco). Wilberón y su gente, de norte a sur, empezando con la trinchera sobre la calle a Ojos de Agua, y otra, al lado del Tamulasco. De allí, avanzarían hasta llegar a casa cuartel de los guardias. La tropa del chele Samuel con Matías, le tocaba el cerrito.

Este servidor, con otra unidad guerrillera, teníamos que asaltar la trinchera detrás de la iglesia, la que estaba atrás del puesto de guardias y luego romper con explosivos puertas y muro de la casa de los GN. Pero, si teníamos problemas, debíamos pedir ayuda a los del cerrito o esperar a que los compañeros dirigidos por Héctor y Wilberón avanzaran y atacaran el frente de la comandancia.

El día para el ataque todo estaba listo, pero momentos antes de partir avisaron que la operación había sido pospuesta. Los exploradores reportaban el descubrimiento de dos trincheras más en El Jícaro y que había que explorar esa noche para determinar cómo se atacaría.

Después de revisar y aprobar el plan operativo de Las Vueltas, a la mañana siguiente fuimos donde Chamba y Dimas a pedirles el cañón 90 mm recuperado en Nueva Trinidad… que solo tenía dos granadas. Solo preguntaron ¿Cuántos guardias dormían allí? De 4 a 6, respondí… “Vale la pena entonces. Si con un cañonazo les diezmamos su fuerza y destruimos la casa cuartel, sería buen golpe” dijo Chamba y Dimas no tardó en decir “Lleváte a Walter para que haga el disparo”.

Al anochecer nos acercamos al pueblo y en el puesto de la guardia celebraban algo, cantaban acompañados por guitarras y un bandolón que retumbaba. “Ese bandolón lo vamos a requisar para celebrar” susurró un compa.

Los ataques comenzarían simultáneamente a las 2:00 a.m. en El Jícaro como en Las Vueltas y calculábamos que terminarían entre 5 a 5:30 a.m.

A la hora indicada fue la explosión de granadas de diferente tipo, fuego de ametralladoras y fusiles por todos lados. Yo le decía a Walter, que llevaba el cañón 90: ¡Dispáre, dispáre a la casa de la antena! Después de unos segundos lo hizo… sin pegar en el blanco. El pobre nunca había estado allí… tal vez por eso falló.

Evacuamos el cañón y fuimos a reforzar a los que atacaban la parte de atrás de los GN. Era fuego nutrido. En ese momento escuchamos los gritos de la toma del cerrito. Luego gritaron consigna en la trinchera del cementerio. Después los de la calle a Ojos de Agua y también reportaban la muerte de Isaías. Nosotros, nada.

Lo intentamos varias veces y siempre nos reculaban a ráfagas. Allí nos amaneció, cubiertos con los troncos y un bordito al lado de un charco donde se enlodaban los cerdos. Seguimos intentando: nada. Tuvimos que seguir revolcándonos y sumirnos en ese charco “gediondo”. Allí estuvo Cecy (hija de María Chichilco), Ricardo (Osmín Alvarenga), Efraín (de logística). No se podía.

Tuve que ir al cerrito a traer refuerzo, cuando me enteré que Matías había muerto en el asalto después de destruir una casamata. Un guardia que no se corrió lo rafaguió como a dos metros al cruzar un cerco. Sentí mucha tristeza. También vi a un chaneque prisionero: el paramilitar se había confundido al ver a los compas con los cascos de la GN. Y fue quien llevó café con pan, del cual alcancé a disfrutar.

Con el café en la panza, salimos hacia abajo con el refuerzo. Concentramos la ametralladora punto 30 sobre la trinchera de la iglesia la que rápido tomamos, pero nos mataron a Manuel, el ametralladorista. Un tiro a un lado del cuello que le salió bajo el brazo le provoco gran hemorragia y el chele Walter por más que trató de pararla, no pudo y murió. En esa trinchera encontramos a un guardia sentado con su fusil entre las piernas y los sesos de fuera.

En esos momentos, Héctor reportaba otra trinchera tomada y dos fusiles checos recuperados en calle principal y seguían peleando con la trinchera del Tamulasco. Wilberón reportaba armas recuperadas al norte.

Eran casi las 2 de la tarde, cuando escuché por radio a William (El Conejo) decir que tenían casi todo controlado en El Jícaro, que solo faltaban 27 soldados que se metieron en la Iglesia incluyendo un Teniente Cadete y que no querían rendirse. El Conejo no quería ponerle explosivos a la iglesia y que les daría un poco más de tiempo.

Por el radio Ramón Torres, que estaba en El Jícaro, le pedía a Dimas ”Comida para Laurel uno” (granadas para cañón 57 mm) y Dimas le dijo que le llegarían, que esperara hora y media.

Subí de nuevo al cerrito para coordinar nuestro asalto a la comandancia de los guardias. Aprovechamos al chaneque del café, para enviarlo con mensajes escritos al Alcalde, al Juez de Paz y al jefe de los guardias. Les advertíamos que estaban rodeados y que los GN solo tenían hasta las 4 para rendirse. De no hacerlo, destruiríamos la comandancia a cañonazos por lo que les pedimos que desalojaran a los civiles de casas vecinas y refugiarlos en la iglesia o al norte del pueblo.

En eso interceptamos la comunicación de los guardias a su cuartel central, repitiendo nuestro mensaje y solicitando de manera urgente apoyo aéreo. No tardaron en llegar un par de aviones A-37 a bombardear y ametrallar. Momento que aprovechó Héctor con su tropa para asaltar la otra trinchera al sur, cerca del río.

Nosotros hicimos del conocimiento a todos los compañeros que a las 4:10 p.m., empezaríamos el ataque de asalto a la comandancia de la GN con el cañón 90 mm desde el cerrito y muy cerca del muro trasero con la bazuca, más un lanzagranadas M-79 para abrir un boquete y destruir la puerta. Luego nos tiraríamos al tope. Así fue. Al cruzar el muro no encontramos resistencia, en el corredor estaban tirados en el piso unos cascos de guardia, un fusil G-3 con varios cargadores, un radio de comunicación militar PRC-77, muchos papeles y rastros de sangre.

Entré a la comandancia por la parte trasera y al mismo tiempo, Héctor por la delantera y al reconocernos solo nos amagamos con nuestras armas: ¡Se corrieron!, gritamos.

En ese momento comenzó otra balacera a la orilla del Tamulasco. El Chele Samuel se quedó con su gente revisando la comandancia y nosotros fuimos a reforzar, no sin antes recoger munición y dos ametralladoras una punto 30 y la otra una HK-21 que estaban a media calle frente a la comandancia.

Al llegar a la orilla del río y asomarme por la esquina de una casa estaba parado un guardia, con su fusil en posición de descanso. Le ordené no moverse y solo dijo ”me rindo”. Entregó su arma, el equipo y lo amarramos de los pulgares.

La tropa de Wilberón apareció con otro GN capturado mientras se producía una pequeña desbandada de guardias y patrulleros que huían por un plancito al otro lado del Tamulasco. Aquel terreno sin vegetación se convirtió en trampa para ellos mismos. Otros seis guardias corrieron río abajo, pero adelante habían escuadras nuestras, esperándoles. Allí fueron capturados sin hacer un disparo, porque los compas les dijeron que eran del Batallón Sierpe de Chalate y cuando los tuvieron cerquita los rodearon. Se rindieron. Pero eso hizo confiar demasiado a los compas y en un momento de distracción el jefe de los guardias sacó una pistola e hizo unos disparos. Aunque no hirió a nadie, logró escapar.

A todos los GN se les trasladó de manera segura a Laguna Seca. Estando allá se carcajeaban de ellos mismos, pues cuando habían escuchado a un jefe guerrillero decir “traigan el lazo más grande”, burlándose de ellos mismos, habían pensado que “a colgarnos van” de un palo de carao que estaba frente a la iglesia. El lazo era solo para pasarlo entre los brazos que todos tenían amarrados y evitar que alguien más se escapara.

Julio (Julito Pelón – Neto Zamora) de Radio Farabundo, reportaba a todo pulmón transmitiendo aquellos momentos.

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Los del hospital de campaña que habían visto todo desde una loma, entre ellos Elenita (sanitaria), Pedrito (médico), René (anestesista) bajaron a “dos juelgos” a Las Vueltas y decían “Si nosotros vimos cuando ustedes a punto de asaltar y esos hijos de puta los reculaban a pura verga; pero con el noventazo y el bazucazo corrieron cada quien por su lado, como cuando las gallinas en la mañana se tiran del palo”.
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Los de El Jícaro lograron casi a la misma hora que nosotros la rendición de los 27 soldados. Dentro de la iglesia, solo aguantaron el primer disparo con el 57mm y con la sorpresa que les dio Román (Paila) con su unidad apenas tuvieron tiempo para decir que se rendían. En total se capturaron a 64 soldados y mucho material de guerra. A los soldados heridos se les dejó ir junto a su personal de cocina.

Esa noche repasamos en los lugares ocupados, mientras los de logística se encargaban de lo requisado a los GN, incluyendo el bandolón. A la mañana siguiente organizamos la atención médica a la población, el reconocimiento legal de los muertos, su vela y/o entierro. El padre Rutilio Sánchez ofició misa de responso por el alma de los caídos de ambos lados.

Después del medio día llegaron otros A-37 a descargar algunas bombas. Yo, por si las ”moscas” me protegí de manera visual bajo la sombra del techo de una casa donde estaban dos señoras y un señor que al verme, hablaron en voz baja y se fueron al corredor. En ese momento sentí sensación de peligro. Hice señas al chele Balta (Christian de Arcatao) para que revisáramos la casa. Y cabal: allí estaba escondido un guardia. Capturamos así al octavo GN con todo el equipo y uniforme, gracias a la llegada de los aviones.

Tres horas más tarde todos regresamos a nuestros campamentos a excepción de Ramón Torres que fue con su tropa a tomarse La Montañita.

Las tropas de la emboscada y los francotiradores en las alturas solo pelearon con los mosquitos, insolación e incomodidad, pues los refuerzos del ejército no llegaron y la emboscada fue desmontada. La operación de gran envergadura con 9 mil efectivos de los batallones élites y regionales llegó un mes después.
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Estando en El Picacho nos reunimos con el Conejo, Héctor, Wilberón, el Cabito y todos los otros compas a intercambiar experiencia y a saborear tasas de “café de mata” (maíz tostado). Después fue el gran baile del triunfo en La Laguna Seca. Sonaban las guitarras y el Chele David Alvarenga (miliciano desde los 70), le sacaba unos pujidos al bandolón requisado que bailaba como todo un rockero al tiempo de los pujidos. Con la mismas canciones todos bailábamos con ritmos diferentes, unos con estilo disco, otros cumbia, a rancheras, culebra machetiada y otros solo se topaban, como William el Conejo que hasta le dio el fusil a Giovanni (anestesista) porque le hacía ”clavo”.

A los de La Montañita les tocó bailar muy diferente. Al día siguiente, ni siquiera se habían instalado, les tocó pelear con unidades del ejército que venían rumbo a El Jícaro a averiguar lo que había pasado. El combate se prolongó toda la tarde y a eso de las 3 de la tarde comenzó a formarse mucha neblina.

Venían helicópteros a la zona, dedujimos que traían refuerzos y que al regreso evacuaban los muertos. En medio de la espesa neblina los compas al oír que uno de esos aparatos volaba sobre ellos dispararon en esa dirección y el helicóptero cayó a tierra sobre la ladera del cerro La Peña y rodó varios metros, muriendo todos sus ocupantes.

El Comité de Prensa de la Fuerza Armada (COPREFA), publicó que el aparato había sufrido desperfectos mecánicos. De cualquier manera éste hecho motivó enormemente a los guerrilleros y desmoralizó a la tropa del ejército que para terminar de amolar les ordenaron mantener posición.

Entonces el Comandante Dimas Rodríguez ordenó hacerles ataque de hostigamiento con el mortero 81, recuperado en El Jícaro.

Pero que antes de utilizar la artillería recién recuperada, Dimas ordenó que se hiciera guerra psicológica a los soldados. Y comenzamos a comunicarnos por radio anticipándoles que esa noche les atacaríamos y les pasaría igual que a los de El Jícaro y Las Vueltas, que los estábamos cercando, que no escaparían, etc. etc.

Por otro radio escuchábamos al jefe de la tropa comunicarse con su superior en el cuartel de Chalatenango, diciendo que los estaban rodeando entre 450 a 600 guerrilleros. En ese momento, el chele Samuel hizo tres disparos con el mortero 81 y otras dos bengalas… los soldados armaron una tremenda balacera contra nadie. Al cuartel de Chalatenango fueron a parar en la guinda que llevaban.

Al siguiente día unas escuadras fueron a explorar el lugar y hallaron varias mochilas, granadas de mano, munición y gorras. Allí estaba el helicóptero semi-destruido. Más abajo encontraron a un agricultor que les dijo: ”Miren que anoche los soldados cobardes en la carrera que llevaban me arrancaron con las patas todo el frijolar. Hoy solo me toca recoger”.

A los pocos días todos los GN y soldados prisioneros fueron liberados. Gerson Martínez fue el encargado de darles palabras de despedida y consejos: “Si los jefes de ustedes los obligan de nuevo al combate, tengan presente que lo mejor es que pronto se rindan, de esa manera pondrán a salvo sus vidas y en poco tiempo estarán de regreso en su casa o en los cuarteles si así lo desean”.

Aquello parecía una despedida entre familiares o buenos amigos, abrazos y apretones de mano entre los que pocos días atrás habíamos nos habíamos rafagueado a muerte.

Felipón y Marito fueron los encargados del traslado de los prisioneros y entregarlos al Comité de Cruz Roja Internacional en Chiapas y El Tepeyac, pero los coroneles de Chalatenango no dejaron pasar a los del CICR por lo que se les planteó a los prisioneros regresar al campamento o marchar a Chalatenango todos juntos, bajo su propio riesgo.

Decidieron por lo segundo, pero en vez de ir al cuartel por temor a que sus jefes los fusilaran o desaparecieran por rendirse o dejado capturar, llegaron a La Sierpe, considerando que allí habría amigos de ellos. No se equivocaron. Sargentos y tenientes les ofrecieron protección ante los coroneles quienes ordenaron llevarlos al cuartel en camiones encerrados para que la población no los viera. Era algo muy vergonzoso que se conociera que la guerrilla los capturara y liberaba sin hacerles daño.

Después que los interrogaron a todos, a unos los tuvieron en labores de limpieza, a otros les dieron de baja y a los demás los incorporaron de nuevo al combate. Algunos fueron hechos prisioneros de nuevo, por lo que incluso llegamos a crear una relación de confianza.

Por varios meses Las Vueltas se convirtió en el lugar más tranquilo y turístico del Frente Norte Apolinario Serrano, pues todo mundo quería ver cómo eran las trincheras y como había quedado la casa cuartel de los guardias, que antes solo significó terror, tortura y muerte y donde incluso, en ataques anteriores, la guerrilla se retiraba cargando algunos heridos o muertos.

Recuerdo a Neto (Silvio Franco) y a Emilio (hermano de Arnulfito, del Jícaro) quienes meses antes murieron escalando el muro de la casa de los GN. Sus cuerpos no se pudieron recuperar. Después tuvimos información que a Emilio lo enterraron, pero a Neto lo colgaron a un árbol camino al cantón La Ceiba.

Hoy, después de 30 años del ataque a Las Vueltas y a El Jícaro, me sigue doliendo la muerte de todos. Por ejemplo Matías, dejó a su esposa con un niño de corta edad. Manuel, tenía tiempos de no ver a su familia y estaba autorizado para irlos a visitar; pero decidió hacerlo después del ataque. Isaías un joven de unos 17 años, muy educado como los anteriores, al morir dejó a toda su familia incorporada en la lucha. Apolonio murió en El Jícaro, dejo embarazada a su esposa Eva (Hermana de Carabina y Mirtala López). Félix, respetado y querido miembro de unidad de exploración murió en El Jícaro, dejando a su mamá con dos hermanitos trabajando en la cocina y otro hermano (Sergio) pertenecía a la Unidad de Vanguardia Zonal UVZ.

(*) Ex guerrillero y colaborador del proyecto ContraPunto

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de salvadorsolidaridadconcuba Publicado en Política

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