SANTO ENTIERRO: VIDA SOBRE LA MUERTE DE JESUS Y M. ROMERO

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“A mí me podrán matar, pero ya es imposible hacer callar la voz de la justicia” Pocos días después de pronunciadas, las premonitorias palabras de Monseñor Oscar Romero se cumplieron.

El 24 de marzo de 1980 el arzobispo de El Salvador era asesinado mientras oficiaba misa en la capilla del hospital la “Divina Providencia”.

Considerado en vida un símbolo de la lucha por los derechos humanos, Romero, hijo de un telegrafista y de un ama de casa, fue ordenado sacerdote en abril de 1942.

Hasta mediados de los 60, realizó una silenciosa labor pastoral en la Catedral de Nuestra Señora de la Paz, en localidad salvadoreña de San Miguel.

Tras ser designado secretario de la Conferencia Episcopal y obispo auxiliar, el 3 de febrero de 1977 el papa Pablo VI lo nombró Arzobispo de San Salvador.

Al mismo tiempo que Romero se preparaba para la toma de posesión del cargo, El Salvador celebraba elecciones presidenciales.

Una semana después de los comicios, el Consejo Central Electoral declaró vencedor al general Carlos Humberto Romero, candidato del conservador Partido de Conciliación Nacional, instalado en el poder desde 1962. El fraude era evidente.

La oposición convocó a una multitudinaria concentración popular en la Plaza Libertad de San Salvador, protesta que fue violentamente reprimida. Decenas de manifestantes fueron asesinados, otros desaparecieron. El gobierno y las fuerzas de seguridad desataron una sangrienta persecución a quienes consideraba sus fervientes opositores: la Iglesia Católica y los nacientes movimientos de campesinos organizados.

Cada vez más comprometido con su pueblo, el arzobispo Romero comenzó a denunciar en sus homilías los atropellos contra los derechos de los campesinos, de los obreros, de sus sacerdotes, y de todas las personas que recurren a él en el contexto de violencia y represión militar que vive el país.

Sus sermones, transmitidos por una radio diocesana, señalaban especialmente los crímenes y la desaparición forzada de personas cometidos por las fuerzas de seguridad y los escuadrones de la muerte.

El entonces jefe mayor del Ejército a cargo de los servicios de inteligencia del Estado, Roberto DAubuisson, acusó públicamente al religioso de ser aliado del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, una coordinadora guerrillera que nucleaba a cinco organizaciones político-militares enfrentadas al régimen.

Tras enviar una carta al presidente estadounidense Jimmy Carter en la que se oponía a la ayuda militar que la Casa Blanca estaba prestando al gobierno salvadoreño, Monseñor Romero pronunció una homilía en la que instaba a los soldados a rehusarse a acatar las órdenes de asesinar a sus hermanos campesinos indefensos. Al día siguiente moría asesinado.

Su funeral, celebrado en la Catedral Metropolitana de San Salvador, se convirtió en una verdadera masacre. Miles de fieles que habían ido a despedir a su obispo fueron reprimidos a tiros.

La muerte del arzobispo Romero anticipó una guerra civil que durante doce años se cobró 75 mil vidas, 12 mil heridos y al menos 8 mil desaparecidos.

La Comisión de la Verdad para El Salvador logró establecer la responsabilidad de DAubuisson, fundador del partido ARENA y de los escuadrones de la muerte, como autor intelectual del asesinato.

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de salvadorsolidaridadconcuba Publicado en Política

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